











Ha llegado el Gran Día. Nos levantamos tempranísimo, tenemos que coger la avioneta que nos lleva a San Blas a las 6:00 h.
Mientras esperamos en el aeropuerto, María nos explica que sólo se puede llegar a esta zona en avioneta o 4x4. Hay que atravesar la selva, controlada por los indios kuna, y luego coger una barca para llegar a las islas que conforman el archipiélago, nada menos que 365. La mayoría están despobladas, los indios las dedican a la producción de cocos y al turismo.
Una vez a bordo, Ali y yo nos sentamos justo detrás del piloto. No me hace mucha gracia que no cierre las cortinas que separan la cabina de pasajeros de la de control, ¡podemos verlo todo!
El trayecto dura poco más de 45 minutos. Cuando empezamos a descender, busco la pista de aterrizaje. Sólo consigo ver una estrecha franja de tierra que desemboca en el mar. Pregunto a María, que ya ha hecho este recorrido antes, que dónde vamos a aterrizar y señala la franja. Intento recordar todas las oraciones que me enseñaron en Catequesis mientras el piloto maniobra. Aterrizamos sin problemas aunque no puedo evitar preguntarme cómo se las arreglarán para no caer directos al mar en temporada de lluvias (¡8 meses en esta zona!).
El "aeropuerto" es digno de ver. Una caseta desvencijada donde despachan los billetes y poco más. Necesito ir al servicio. Me señalan una caseta de chapas al final de un embarcadero sobre el mar. Igualita a la que vemos al principio de "Slumdog Millionaire". Decido esperar. Miro a mi alrededor y todo está cubierto de basura. Al parecer los indios, que viven en las islas, utilizan la costa sólo como tierra de cultivo y basurero. Qué pena.
El señor Neldo, un indio kuna, nos espera en el embarcadero para llevarnos a la isla donde vamos a pasar la noche. Montamos en la barca nosotras cinco y una familia sueca. Me ofrecen un chaleco salvavidas y lo rechazo. Cuando empezamos a movernos pido por favor que me lo devuelvan.
El viaje se me hace larguísimo, la mar está algo revuelta y tenemos que cubrirnos con unos plásticos para no acabar empapadas. Pasamos por delante de las islas más pobladas, dan la sensación de que no cabe ni un alfiler.
Llegamos a "nuestra" isla, preciosa. Nos han preparado un estupendo desayuno (prefiero no pensar cómo lo han cocinado) y nos muestran nuestra cabaña, hecha de caña. Creo que no voy a pegar ojo esta noche.
Hacemos fotos, nadamos, nos achicharramos... Después de comer nos llevan a Isla Perro, una de las islas más populares. Hay un galeón hundido y hacemos submarinismo alrededor. Alucinamos con la llegada de una lancha procedente de un yate anclado en una isla cercana. Vemos bajar a dos sílfides rubias acompañadas de cinco niños, varias niñeras y tres miembros de la tripulación (guapísimos) que se desviven por ellas. Qué bien viven los ricos.
Regresamos a nuestra isla. Cenamos y, como sorpresa de cumpleaños, un chico ha preparado fuegos artificiales para su novia. Los vemos sentadas en la playa mientras disfrutamos de un baratísimo ron con Cola. Qué bien viven algunas.

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