miércoles 1 de julio de 2009

Día 6. Archipiélago de San Blas, mar Caribe.













Ha llegado el Gran Día. Nos levantamos tempranísimo, tenemos que coger la avioneta que nos lleva a San Blas a las 6:00 h.

Mientras esperamos en el aeropuerto, María nos explica que sólo se puede llegar a esta zona en avioneta o 4x4. Hay que atravesar la selva, controlada por los indios kuna, y luego coger una barca para llegar a las islas que conforman el archipiélago, nada menos que 365. La mayoría están despobladas, los indios las dedican a la producción de cocos y al turismo.

Una vez a bordo, Ali y yo nos sentamos justo detrás del piloto. No me hace mucha gracia que no cierre las cortinas que separan la cabina de pasajeros de la de control, ¡podemos verlo todo!

El trayecto dura poco más de 45 minutos. Cuando empezamos a descender, busco la pista de aterrizaje. Sólo consigo ver una estrecha franja de tierra que desemboca en el mar. Pregunto a María, que ya ha hecho este recorrido antes, que dónde vamos a aterrizar y señala la franja. Intento recordar todas las oraciones que me enseñaron en Catequesis mientras el piloto maniobra. Aterrizamos sin problemas aunque no puedo evitar preguntarme cómo se las arreglarán para no caer directos al mar en temporada de lluvias (¡8 meses en esta zona!).

El "aeropuerto" es digno de ver. Una caseta desvencijada donde despachan los billetes y poco más. Necesito ir al servicio. Me señalan una caseta de chapas al final de un embarcadero sobre el mar. Igualita a la que vemos al principio de "Slumdog Millionaire". Decido esperar. Miro a mi alrededor y todo está cubierto de basura. Al parecer los indios, que viven en las islas, utilizan la costa sólo como tierra de cultivo y basurero. Qué pena.

El señor Neldo, un indio kuna, nos espera en el embarcadero para llevarnos a la isla donde vamos a pasar la noche. Montamos en la barca nosotras cinco y una familia sueca. Me ofrecen un chaleco salvavidas y lo rechazo. Cuando empezamos a movernos pido por favor que me lo devuelvan.

El viaje se me hace larguísimo, la mar está algo revuelta y tenemos que cubrirnos con unos plásticos para no acabar empapadas. Pasamos por delante de las islas más pobladas, dan la sensación de que no cabe ni un alfiler.

Llegamos a "nuestra" isla, preciosa. Nos han preparado un estupendo desayuno (prefiero no pensar cómo lo han cocinado) y nos muestran nuestra cabaña, hecha de caña. Creo que no voy a pegar ojo esta noche.

Hacemos fotos, nadamos, nos achicharramos... Después de comer nos llevan a Isla Perro, una de las islas más populares. Hay un galeón hundido y hacemos submarinismo alrededor. Alucinamos con la llegada de una lancha procedente de un yate anclado en una isla cercana. Vemos bajar a dos sílfides rubias acompañadas de cinco niños, varias niñeras y tres miembros de la tripulación (guapísimos) que se desviven por ellas. Qué bien viven los ricos.

Regresamos a nuestra isla. Cenamos y, como sorpresa de cumpleaños, un chico ha preparado fuegos artificiales para su novia. Los vemos sentadas en la playa mientras disfrutamos de un baratísimo ron con Cola. Qué bien viven algunas.

martes 30 de junio de 2009

Día 5. Casco viejo de Panamá














Qué poquitas ganas de escribir... pero ya que he descubierto que tengo más seguidores de los que creía, obligada me veo a actualizar esto. Espero que la memoria no me falle...

Decidimos ir al casco viejo de Panamá. María nos ha dicho que toca regatear con los taxistas. El primero al que preguntamos nos pide $10 por llevarnos hasta allí, una barbaridad. El segundo lo rebaja a $4. Ana encuentra la ganga del siglo: un "taxista" nos pide sólo $1 por llevarnos a las cuatro. Ana acepta y ya ha abierto la puerta del taxi cuando me doy cuenta de que a) no tiene licencia y b) es una furgoneta con los cristales tintados. Me niego a subir y el "taxista" se mosquea conmigo. Al final buscamos otro que nos cobra $3. ¿Pensáis que es un chollo? Bueno, teniendo en cuenta que el sueldo medio mensual en Panamá es de $67, ya me contaréis...

Una vez en el (precioso) casco viejo, hacemos lo que todas las guías recomiendan no hacer. Comprar algo de comer en un puesto callejero para desayunar. Yo me decanto por una patata rellena y zumo de mango. Sigo viva así que tan malo tampoco podía ser.

Paseamos por las calles y visitamos el Palacio de las Garzas, residencia del presidente y famoso porque en su patio viven cuatro ejemplares del animal que le da nombre. Sin embargo, no conseguimos verlas. Un amable policía pide que suelten a una para que podamos hacer unas fotos. Demasiado amable. Justo antes de irnos, me pregunta mi nombre y otros detalles personales. Ya decía yo...

Nos paramos ante un puesto en el que una india kuna está tejiendo molas. Saco la cámara y me indica que no puedo hacerle fotos. Compro un par de regalos para mi familia y... ¡bingo! Acepta a ser retratada. Le pregunto que si me puedo sentar a su lado y acepta. A la prueba os remito.

De camino a la catedral, y bajo un calor asfixiante, nos refrescamos con agua de pipa y poco después compramos piña (riquísima por aquí), yuca y patacón. La catedral me decepciona muchísimo. Es lo que tiene haber visto tantas.

Entramos en el teatro y en la iglesia de San Felipe, donde está el célebre altar de oro. Cuenta la leyenda que el párroco ordenó pintarlo de negro para que el pirata Morgan, que saqueó y quemó la antigua ciudad, no se lo llevase.

Hora de ir al la exclusa de Miraflores en el canal de Panamá. Cogemos un taxi y el chaval (no tendrá más de 18 años) que conduce no tiene ni idea de cómo ir. Ana, muy viajada ella, le va indicando el que creemos que es el camino (según el mapa de su guía). Unos camioneros, al vernos tan perdidos, nos piden que les sigamos y nos llevan hasta allí.

El canal es impresionante. Cada barco del tipo Panamax debe pagar $65.000 para pasar. Si tenemos en cuenta que el canal funciona las 24 horas del día durante los 365 días del año... ¿dónde va a parar todo ese dinero?

Por la tarde vamos a Mi Pueblito, una especie de parque temático donde se representan las tres culturas que conforman el país. Somos las únicas turistas, da la impresión de estar en un pueblo desierto.

Ýa de noche, cenamos en un típico restaurante panameño. Pedimos patacón y pescado, delicioso. Decidimos regresar a casa para descansar. Mañana es el gran día.

domingo 19 de abril de 2009

Día 4. Comunidad Emberá. Panamá.



















Vamos a pasar el día con los indios emberás. María conduce hasta el río Changres, el más importante de Panamá, donde nos esperan el Sr. Neldo (el jefe de esta comunidad) y otro guía. En el camino paramos para comprar algo de fruta y alucino con los bares y restaurantes de alrededor. A las fotos os remito.

Subimos al pequeño cayuco y comienza la excursión. No podemos llegar hasta el lago porque no ha llovido en tres meses, el nivel del agua es bajísimo. Caminamos hasta allí y nos bañamos durante una hora. Después volvemos a montar en el cayuco y llegamos hasta Tosipono, el pequeño pueblo donde vive la comunidad con la que vamos a pasar el día. Los hombres nos reciben tocando música y las mujeres nos saludan y nos muestran el camino. Me da la impresión de que las mujeres están hasta el mismísimo de hacer el numerito para los turistas. Apenas nos miran y caminan con desgana. Antes de que convirtiesen esta zona en un parque natural protegido, los indios subsistían gracias a lo que cultivaban, ahora deben hacerlo con lo que les dejamos los turistas. También han tenido que cambiar algunos de sus hábitos. Las mujeres siempre han llevado el pecho descubierto pero ahora tienen que cubrírselo. Es gracioso, la única que se ha negado a hacerlo es la más anciana.

Nos llevan hasta una pequeña cabaña donde nos ofrecen fruta, patacón y pescado. Delicioso aunque intento no pensar en cómo lo han preparado... Ya sabéis, en esta aldea no hay ni agua corriente ni electricidad. Es curioso. Viven como hace 500 años y, sin embargo, ¡los hemos llamado al móvil para avisarles de que íbamos hoy! La pregunta del día es... ¿cómo cargan la batería?

Después de comer nos enseñan los productos que fabrican y nos ofrecen un baile. Nuestro guía, que aparece en las fotos, me invita a bailar con él. Al principio rechazo su invitación pero todo el mundo está bailando y temo ofenderlo así que nos cogemos de las manos y bailamos una canción que a mí se me hace eterna. Ya sabéis lo que me gusta bailar, qué vergüenza...

Damos una vuelta por el pueblo y vemos cómo secan el pescado que acabamos de comer. Mejor ahorro detalles. También hablamos con los niños. Nos dicen que no han empezado el colegio (al que van en cayuco) todavía. María nos aclara que han tenido que aplazar el comienzo del curso en Panamá porque en verano es normal que saqueen las escuelas. Aún no les ha dado tiempo a reparar daños y material.

El Sr. Neldo y el guía nos llevan hasta donde hemos dejado el coche. Unos tíos venden "polo flash" de piña hechos en casa. Hacemos de tripas corazón y compramos uno. ¡Total, si hemos comido en una aldea donde las condiciones higiénicas son más que discutibles, esto no nos va a matar! (no lo hace. De hecho, estaban riquísimos).

Volvemos a Panamá, donde visitamos el templo de la religión baha´i. Fue construido en 1965 y costó la friolera de $1.000.000 de la época. No puedo evitar la curiosidad y le explico a un chico baha´i que se ofrece a responder nuestras preguntas que de dónde sacan el dinero para mantener tantos templos en todo el mundo. Contesta que gracias a donaciones particulares de la comunidad baha´i. Huele a secta...

Cenamos en un restaurante griego y después vamos a un hotel de 5 estrellas a tomar unas copas. Un aparcacoches se encarga de que no tengamos que molestarnos en meter el coche en el garaje. Todo pijísimo y estupendísimo, me agobia pensar que sólo unos pocos privilegiados -incluida una servidora, claro- pueden disfrutar de estos lujos en este país.

jueves 16 de abril de 2009

Día 3. Lunes. Panamá.







María se va a trabajar y Ali y yo decidimos relajarnos en la "zona social" del edificio. Usease, la piscina. Después de tirarnos media mañana tumbadas a la bartola, nos ponemos monas para ir a buscar a María, hemos quedado con ella para comer.

Primer desafío. Parar un taxi. María nos ha dado algunos consejos: preguntar el precio antes de montarnos (no tienen taxímetro) y, si es necesario, regatear; no asustarnos cuando se suban otros estando nosotras dentro y, sobre todo, acordarnos de las oraciones que rezábamos de pequeñas, las vamos a necesitar.

Nos subimos a un taxi en el que ya hay una pasajera. Yo voy sentada atrás, a la derecha. Me paso el recorrido agarrada al asiento mientras rezo lo que me sé del rosario. No lloro de milagro. Aquí no se cede el paso ni se para en los "stops". Es la ley del más fuerte: me meto yo antes de que lo hagas tú. Nada malo de no ser porque estamos en una ciudad de más de un millón de habitantes y que no está hecha para andar. Todo el mundo (mal) conduce.

Bajamos medio mareadas. Nos hacemos unas cuantas fotos delante del edificio de Doña María (su nombre a partir de ahora, ¡hay que ver dónde trabaja la niña!) y, de repente, vemos a un hombrecillo subido a una moto. Empieza a dar vueltas alrededor nuestra mientras nos grita algo. Yo entiendo: "Ay omá, omaíta...". Entramos al edificio y le pregunto a Ali qué decía el amigo. Alguien responde por ella: "Oh my god!" Me vuelvo y ahí está nuestro admirador, un calco del Cuñao del Risitas, que nos guiña un ojo. Apenas puedo contener la risa.

Vamos a un centro comercial que ni los de Puerto Banús: Gucci, Versace... Las diferencias sociales y económicas son tremendas aquí. Comemos algo y María vuelve al trabajo. Ali y yo matamos el tiempo dando una vuelta y alucinando con los precios.

María está libre por hoy. Damos una vuelta por la "zona revertida" donde vivían los americanos que controlaban el Canal. Preciosa. Después vamos al aeropuerto a recoger a Ana y Dory, que vuelven de Bocas. Cenamos pinchos y ceviche en el Paseo Amador (Causeway), un puerto deportivo calcaíto a los de Marbella. Ali se siente como en casa. =)

Día 2. Domingo. Atlanta - Panamá.







Me levanto a las 8:00 dispuesta a patearme Atlanta. Pido un mapa en recepción y salgo a la calle. No hay ni un Cristo así que decido ir a otra zona. Me dirijo a la estación de metro más cercana. Ni un alma. Me recuerda muchísimo a una de las últimas pelis que he visto en el fearnet, The Midnight Meat Train (El vagón de la muerte o algo así en España). Qué buen rollito. Me bajo en 5 points y me doy cuenta de que soy la única blanquita del lugar. No es que haya mucha gente en la calle pero todos me miran con una cara... Voy hacia una de las zonas turísticas, Underground, para comprar postales y me encuentro con una imagen digna de I Am Legend. Todo cerrado y gente con la mirada perdida caminando sin rumbo fijo. Qué bien. Camino un poco más y, en un momento determinado, noto que alguien me sigue. Acelero el paso y pienso que lo mejor es ir en busca de los turistas (¿dónde están cuando más los necesitas?). Veo a una policía y le pregunto qué dirección debo tomar. Me pregunta que de dónde vengo y, al decírselo, me dice: "Vaya, nunca aconsejaría a nadie ir a esa zona un domingo por la mañana". Demasiado tarde, pienso. Jamás (y ya sabéis que he recorrido varias ciudades sola) me he sentido tan insegura como aquí.

Después de la experiencia, decido ir a la caza del turista. Cuando llego al Acuario comprendo porqué el resto de la ciudad está más vacía que Madrid en agosto. TODO el mundo está aquí. Pago 27 dólares por la entrada y paso un par de horas disfrutando del mayor acuario del mundo. Después me paro a tomar unos tomates verdes fritos. Hora de ir al aeropuerto.

Conozco a Ali una media hora antes de que salga nuestro avión. Nos caemos bien al instante. Nos hacen pagar $5 por "un visado sin el cual no podemos entrar en Panamá". En otras palabras, nos engañan como a chinos.

No podemos sentarnos juntas en el avión así que, para matar el tiempo, me dispongo a ver la película. La azafata nos dice que podemos verla "en inglés o panameño". Qué graciosa ella. Intento verla en español pero el doblaje a lo Pancho Villa me pone de los nervios. Tampoco me pierdo nada, es malísima.

Llegamos a Panamá. Estamos algo nerviosas porque tenemos que pasar la aduana (que le pregunten a mi madre cómo es la de EEUU). Nos toca. La oficial de turno nos saluda y, sin mirar nuestra foto, nos pone el sello en el pasaporte. También nos dice que el visado de pega no vale para nada. Ni una pregunta más.

María nos espera fuera. Nos lleva a su piso, donde dejamos las cosas. Nos quedamos de piedra al ver que hay una habitación pequeñita junto al lavadero. María la utiliza como trastero pero se supone que es para la "mucama". Desde ella se accede a un diminuto baño. Es el único de la casa que NO tiene agua caliente.

Cenamos en "Pomodoro", un restaurante italiano tranquilo y encantador. La cerveza es más barata que en EEUU pero la comida está al mismo precio. La moneda oficial de Panamá es la balboa pero no se emiten billetes, sólo monedas. Todos los precios están en dólares americano. Tanto criticar a los americanos y siguen utilizando los billetes con la efigie de Washington.

miércoles 15 de abril de 2009

Día 1. Sábado. Atlanta.





Katie me lleva al aeropuerto. Llego a Atlanta poco antes de las 19:00. Decido coger el metro para ir a mi hostal y ¡sorpresa!, el vagón está vacío. En la siguiente parada se suben varios chicos y uno de ellos me pide que mueva las maletas para poder sentarse a mi lado. La Reyes va acojoná. Seguro que ya me estáis llamando exagerá. Bueno, os recuerdo que el vagón IBA VACÍO. Por suerte, un poco más tarde suben más pasajeros y me relajo.

Llego al hostal y un hombre que me recuerda vagamente a Igor -sí, el de la peli "El jovencito Frankestein"- me dice que no puedo subir a mi habitación porque el dueño no está. Le pregunto dónde puedo cenar. No quiero alejarme mucho porque estamos en Midtown y ya conocéis la reputación de esta zona de noche. Me señala un garito cubano en la acera de enfrente. Allá voy.

El bar-restaurante se llama "Papi". Pido algo de comida y no encuentro ninguna mesa libre así que me siento en la barra. El camarero, una reinona cubana, se pone a charlar conmigo. Se llama Yoelvis. De coña, le pregunto si a su madre le gustaba Elvis Presley. Me responde que le encantaba y que de ahí viene su nombre. Hablamos y bebemos durante toda la noche, me lo paso genial.

miércoles 11 de marzo de 2009

Lo que da de sí un fin de semana

El lunes de la semana pasada estábamos de nieve hasta el cuello y cuatro días más tarde estábamos en tirantes, a más de 30 grados. Todo el mundo se lanzó a la calle, había gente por todos lados. Después del durísimo invierno que hemos tenido, se echaba de menos el ambiente primaveral. Lástima que nos haya durado tan poco, ayer tuvimos que volver a las botas y el abrigo.

Aquí va un resumen del fin de semana.

El viernes, después de decirle a los niños -por enésima vez- que me dejasen tranquila y no me siguiesen como si yo fuese Mamá Pata, salí corriendo tan pronto como tocó el timbre. Unas compañeras y yo fuimos a tomar unas cervezas y después volvimos al cole a ver una obra de teatro que dirigían dos compis. La obra, una versión "posmoderna" de Blancanieves, estuvo bastante bien pero, claro, después de las cervecitas y estando sentada durante más de dos horas y media en la oscuridad entra un sopor...

El sábado pasé el día conmigo misma. Comí en el centro, paseé durante tres horas por unos jardines en las afueras... Después, y aunque ninguno de vosotros lo va a creer, fui a misa. Como lo habéis leído. Había quedado con una amiga para cenar y me llamó para decirme que si me importaba quedar más tarde porque quería ir a la iglesia (ella es protestante). Me picó la curiosidad y le pregunté que cómo eran sus servicios religiosos y cuando me dijo que, básicamente, se pasaban la hora cantando, le pregunté que si le importaba que la acompañase. Phil y su novio Preston también se apuntaron. La verdad es que flipé. Para empezar, entras en una salita donde te sirves café o cualquier otra bebida y, con ella en la mano, entras en una iglesia donde todo el mundo va en vaqueros y chanclas menos tú. Al fondo, una pantalla enorme con la cuenta atrás hasta el servicio. Uno de los tíos más guapos que he visto en mi vida se sube al altar y, guitarra en mano, se pone a cantar. Es el "worship leader". De pronto sube una chica, también monísima, y le acompaña. Desde abajo, uno toca la batería y otro el teclado. La gente canta, baila, toca las palmas... En la pantalla proyectan las letras de las canciones para que todo el mundo se una. Más que en una iglesia, creo estar en un concierto.

No sé si habréis visto la película Borat, si lo habéis hecho recordaréis el final, cuando el protagonista alucina al ver cómo la gente prácticamente entra en éxtasis mientras levantan las manos al cielo y gritan el nombre de Jesús. Pues igual. El tío bueno canta tres canciones y después el pastor toma la palabra. Lleva una camisa vieja, vaqueros y chanclas. Nos habla de su hijo, de cosas familiares y cede la palabra a su padre. Éste sí que nos da un sermón que casi me hace caer en los brazos de Morfeo. Lo que más me sorprendió fue que, mientras hablaba, la gente gritaba desde sus asientos: "Sí, así es" "Aleluya". Un chow. Para terminar, el tío bueno y la chica monísima vuelven a subir al escenario, perdón, al altar y empiezan a cantar. Es el momento de comulgar. El pastor ha dejado un cuenco con el Cuerpo de Cristo y una copa de vino en una mesa. La gente, en fila, se acerca a ella, toma la comunión y enciende una vela. Todos menos yo, claro. Nos despiden y hasta la próxima. Rebecca, Phil, Preston y yo nos fuimos después a cenar a un restaurante cubano para beber mojitos y expiar nuestras culpas.

El domingo, por la mañana, fui al cine a ver Ciudadano Kane. Hay un ciclo de pelis clásicas y, en lugar de fanticola, sirven mimosas (un cóctel a base de champán y zumo de naranja). Después de verla, quedé con Phil, Preston y Katie para dar una vuelta por Church Hill y comer. Katie volvió a casa y nosotros tres nos fuimos a ver tiendas. Entramos en una donde tenían objetos de decoración de todo el mundo. La dueña, muy viajada y leída ella, se puso a hablar con nosotros y nos comentó que era pintora, que había viajado por medio mundo y hablaba tropecientos idiomas... En un momento determinado, nos preguntó que de dónde éramos. Contestamos (Phil de Australia; Preston de Canadá) y al decirle que yo era de España, contestó: "Ah, España, ¡qué bien! Mi hija va a estudiar en Madrid durante un año". ¿En serio?, respondí. Le va a encantar, es una ciudad preciosa. "Sí, bueno, escogimos Madrid porque quiero que mi hija sepa lo que es vivir en un país del Tercer Mundo. Mi padre es de Marruecos, ¿sabes?". Ya os podéis imaginar cómo me puse. Phil y Preston tuvieron que sujetarme los brazos porque pensaban que la iba a guantear. Al día siguiente, comenté la "anécdota" en el colegio. Una de las profesoras, de origen filipino para más señas, me dijo: "¡Qué barbaridad, pensar que España, que está en Europa, es un país del Tercer Mundo! Ni que estuvieses hablando de Filipinas, China o JAPÓN". Luego me contáis cómo os habéis quedado.