martes, 30 de junio de 2009

Día 5. Casco viejo de Panamá














Qué poquitas ganas de escribir... pero ya que he descubierto que tengo más seguidores de los que creía, obligada me veo a actualizar esto. Espero que la memoria no me falle...

Decidimos ir al casco viejo de Panamá. María nos ha dicho que toca regatear con los taxistas. El primero al que preguntamos nos pide $10 por llevarnos hasta allí, una barbaridad. El segundo lo rebaja a $4. Ana encuentra la ganga del siglo: un "taxista" nos pide sólo $1 por llevarnos a las cuatro. Ana acepta y ya ha abierto la puerta del taxi cuando me doy cuenta de que a) no tiene licencia y b) es una furgoneta con los cristales tintados. Me niego a subir y el "taxista" se mosquea conmigo. Al final buscamos otro que nos cobra $3. ¿Pensáis que es un chollo? Bueno, teniendo en cuenta que el sueldo medio mensual en Panamá es de $67, ya me contaréis...

Una vez en el (precioso) casco viejo, hacemos lo que todas las guías recomiendan no hacer. Comprar algo de comer en un puesto callejero para desayunar. Yo me decanto por una patata rellena y zumo de mango. Sigo viva así que tan malo tampoco podía ser.

Paseamos por las calles y visitamos el Palacio de las Garzas, residencia del presidente y famoso porque en su patio viven cuatro ejemplares del animal que le da nombre. Sin embargo, no conseguimos verlas. Un amable policía pide que suelten a una para que podamos hacer unas fotos. Demasiado amable. Justo antes de irnos, me pregunta mi nombre y otros detalles personales. Ya decía yo...

Nos paramos ante un puesto en el que una india kuna está tejiendo molas. Saco la cámara y me indica que no puedo hacerle fotos. Compro un par de regalos para mi familia y... ¡bingo! Acepta a ser retratada. Le pregunto que si me puedo sentar a su lado y acepta. A la prueba os remito.

De camino a la catedral, y bajo un calor asfixiante, nos refrescamos con agua de pipa y poco después compramos piña (riquísima por aquí), yuca y patacón. La catedral me decepciona muchísimo. Es lo que tiene haber visto tantas.

Entramos en el teatro y en la iglesia de San Felipe, donde está el célebre altar de oro. Cuenta la leyenda que el párroco ordenó pintarlo de negro para que el pirata Morgan, que saqueó y quemó la antigua ciudad, no se lo llevase.

Hora de ir al la exclusa de Miraflores en el canal de Panamá. Cogemos un taxi y el chaval (no tendrá más de 18 años) que conduce no tiene ni idea de cómo ir. Ana, muy viajada ella, le va indicando el que creemos que es el camino (según el mapa de su guía). Unos camioneros, al vernos tan perdidos, nos piden que les sigamos y nos llevan hasta allí.

El canal es impresionante. Cada barco del tipo Panamax debe pagar $65.000 para pasar. Si tenemos en cuenta que el canal funciona las 24 horas del día durante los 365 días del año... ¿dónde va a parar todo ese dinero?

Por la tarde vamos a Mi Pueblito, una especie de parque temático donde se representan las tres culturas que conforman el país. Somos las únicas turistas, da la impresión de estar en un pueblo desierto.

Ýa de noche, cenamos en un típico restaurante panameño. Pedimos patacón y pescado, delicioso. Decidimos regresar a casa para descansar. Mañana es el gran día.

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