
Señoras, señores... Reyes Jones ha vuelto y con más mala leche que nunca.
Como ya os decía a muchos en el e-mail, yo, más que viajes, hago gymkanas. Os cuento.
Puesto que vivo poco menos que en el culo del mundo y mi avión salía de Barcelona, estuve dos días, dos, de viaje hasta llegar a Richmond. El domingo, a mediodía, cogí el tren en Vilches. Después de 9 horas de viaje, dos películas, un libro, un bocata de jamón y un par de cervezas (¡ay, to´ hay que contarlo...!) llegué a la estación de Sants donde, gracias a Dios (o a quien sea) me estaban esperando mis tíos. Pasé la noche con ellos y al día siguiente, lunes, mi tío me llevó al aeropuerto del Prat. El vuelo de Barcelona a París estupendo. Me dio tiempo a leerme la "Vanity Fair" y la "Cuore Argh" de cabo a rabo (pues sí, una de cal y otra de arena...) y de disfrutar de una ensalada que, para ser comida de avión, estaba muy pero que muy buena. Claro que parece ser que fui la única con esta opinión porque debíais haber visto las caras de los otros pasajeros. La verdad es que por la vista no entraba, no...
Aterrizamos en París y, ¡viva!, tengo poco menos de dos horitas hasta el siguiente vuelo. Cojo mi bolso y revistas y espero a que abran la puerta del avión. Espero, espero... y nada, media hora después aún seguimos preguntándonos a qué narices esperan ellos. Una vez fuera del trasto, y como soy un poco (muy) histérica, decido ir directamente a la puerta de embarque porque si no me veo pasando la noche en Franchutilandia. Para empezar, el Charles de Gaulle es uno de los aeropuertos más desorganizados que he tenido la (des)gracia de conocer. Por si fuera poco, hay que pasar la aduana (¡joder, que venimos de Barcelona y no hemos salido del aeropuerto!), lo que me lleva una horita de reloj. Se supone que tengo que estar en la puerta de embarque a las 15:55 y a las 15:35 todavía estoy esperando a que el gendarme, o como lo llamen, compruebe que la tía con cara de morder a alguien es, efectivamente, la que sonríe tanto en la foto. No parece muy convencido. Me quito las gafas, me sujeto el flequillo, muestro dientes y me deja pasar. Son las 15:50. Corro hacia el control de seguridad (sí, hay que pasarlo otra vez) y pongo cara de niña buena. Ni un problema. Vuelo hacia la puerta de embarque y llego justo cuando la abren. Los de primera clase empiezan a embarcar y, de repente, nos dan la noticia. El avión tiene problemas técnicos y el vuelo se va a retrasar un par de horas. Río por no llorar. Ya decía yo que todo había ido muy bien hasta ahora...
Dos horas después, me vuelvo a poner en la cola de embarque. Veo a un tío con pinta de colgao y pienso "Dios, espero que no me toque al lado de ése". Entro en la cabina y... ¿quién es mi compañero? ¡Bingo, el colgao! Que, además, atufa a cerveza y unas cuantas bebidas más. Voy a sentarme y me pregunta que si me importa cambiar los asientos. Yo lo tengo al lado del pasillo, él en medio. Imagino que es porque tendrá que ir a echar la pota en cualquier momento y le digo que no hay problema. También le aviso de que yo soy de las que van mucho al baño y de que lo estaré molestando para que me deje pasar. Me dice que no pasa nada.
Joé, por el tufazo parece que el colega se ha escapado de una destilería. Menudo viajecito me espera. Voy a trincarme un par de botellas de vino y por lo menos estamos a empate. Mi gozo en un pozo. En el suyo, que parece no tener fondo porque se bebe tres botellas de vino blanco antes de terminar de cenar. Por curiosidad le pregunto que de dónde viene (¿Alcohólicos Anónimos? ¿Ibiza?) y me dice que de Serbia. Tendré que buscar en internet cuál es el índice de alcoholismo por aquellos lares....
Terminamos de cenar y el adolescente que está delante de mí echa el asiento hacia atrás todo lo que puede y más. El niño que está delante del colgao (sí, el que tiene MI asiento) mantiene el asiento en posición vertical. ¡Me cago en...! Decido ver una peli para que se me pase el cabreo y la tele no funciona. La del colgao (sí, la MÍA) no parece tener ningún problema. Deben de rechinarme los dientes de lo lindo porque, justo en ese momento, llega un auxiliar de vuelo que, primero, le dice al niñato que está bien tumbarse pero que ESO es pasarse. Y, segundo, reinicia el ordenador para que pueda relajarme y ver algo. Funciona. Veo "Coco Chanel"; "Yes, Man" (una de las peores pelis que he visto últimamente) y "The Class (Entre Les Murs)", que debería ser de visión obligada en todos los centros de enseñanza del mundo mundial.
Aterrizamos en Washington con dos horas y medio de retraso. Una vez más, corro hacia la aduana. Milagrosamente, apenas hay gente y el oficial que me interroga es un hombre mayor y la mar de amable. La paso en menos de diez minutos y corro a recoger mi maleta que, por supuesto, sale la última. Miro el reloj y mis peores temores se han cumplido. Entre el retraso del avión y del equipaje, he perdido todos y cada uno de los autobuses que van a Richmond. Con suerte puede que pille el de las 23:45 (el último) pero hay que jugársela. Decido quedarme a dormir en Washington e intentarlo mañana (estoy HARTA de correr) y no hay manera de encontrar alojamiento. Elena, Miriam y yo llamamos a unos cuantos sitios y no hay suerte, no hay nada disponible. A arriesgarse toca. Le digo al taxista que tengo que coger el dichoso autobús y que ya puede pisar el acelerador. Llegamos a la estación a las 23:35. El hombre, viendo mi cara de angustia (aún tengo que comprar el billete y como haya cola estoy perdida), me acompaña dentro y me dice que no se irá hasta que no me vea prácticamente montada. Se ha ganado la propina. Compro el billete a las 23:42, corro (y van...) al andén y pregunto quién es el último de la cola. La mujer sonríe y señala a todo el mundo. ¡Han vendido 100 billetes para un autobús que tiene 55 plazas! Esto sólo puede pasar en EEUU. Por supuesto, me quedo con las ganas de montarme. La de información nos dice a todos los que nos hemos quedado fuera que pondrán otro a las 2:15 de la mañana. Decido tomármelo con filosofía. Me siento en el suelo, saco mi libro y empiezo a leer. Así hasta que llega el autobús de los c***nes.
Llego a la estación de Richmond de madrugada. Soy la única que no parece estar drogada o sin hogar. Corro (es un decir, con dos maletas... Por ciero, ¿cuántas veces he escrito esta palabra?) hacia la salida y cojo el primer taxi que encuentro. Cuando llego a casa no beso el suelo porque hay moqueta y me da asquete que si no...
Dos días después, estoy casi repuesta de la odisea. Casi.
Como nos mudamos este fin de semana, he ido a unas cuantas tiendas a pedir cajas de cartón vacías. Me ha dado una vergüenza tremenda pero, claro, no voy a llevar los bártulos en los brazos. En todas las tiendas me han puesto excusas varias. Que si es cosa del encargado, que si no tienen... total, que me he ido con las manos vacías. A punto he estado de robar un carro sólo por fastidiarles. A lo que iba. En mi clase, en el cole, tengo el armario lleno de cajas y puesto que ya han terminado la escuela de verano y se supone que podemos ir a currar si queremos, he llamado a la secretaria para preguntarle. Os recuerdo que la secretaria es la tía más desagradable que pisa la tierra. Llamo, saludo, le pregunto qué tal el verano... y hago la preguntita de rigor. La peazo de ******* (a partir de ahora vais a leer muchísimos descalificativos) me suelta: "El director dijo que ya os mandaría un e-mail para comunicaros cuándo podéis venir". Yo, muy diplomática, he respondido que, exactamente, el buen hombre nos dijo que llamásemos antes de ir para informarnos y que eso es lo que estoy haciendo. Le digo que pregunte que si puedo ir y la tía ********* ¡tiene el valor de preguntarme que si tiene que hacerlo en ese momento! Se lo pido por favor y, después de tenerme en espera 5 minutos, me dice que el director dice que vaya y vea si puedo coger lo que necesito de mi aula pero que (atentos todos) ELLA NO ESTÁ DE ACUERDO. Le pido que especifique y la hija de ********** me suelta, tal cual: "Sinceramente, no creo que sea apropiado ni razonable que vengas e interrumpas el ritmo normal de trabajo para coger unas cajas. Pídelas en una tienda". Menos mal que estaba sentada, si no me caigo redonda al suelo. Le he dado las gracias (con mucho recochineo) y le he colgado. He tenido que ir a una tienda y comprar las cajas de cartón de los c*j*nes (que me han costado una pasta), cuando tengo como 8 de ellas en el armario y, lo que es peor, ¡muertas de risa! Os juro que yo a ésa le hago vudú. Y del malo.
Bueno, pues esta ha sido mi semana hasta ahora. Como decían los hombres G, ¿qué coño hago yo aquí (que no en las Bahamas)?
