


El fin de semana pasado (13 a 16 de febrero) estuve en Boston para un curso de perfeccionamiento. Aquí, en lugar de hacerte ir al CEP más próximo, te pagan avión y hotel en una de las ciudades más carismáticas de la costa este. Por mí estupendo.
Llegué el viernes a las tantas de la noche después de que cancelasen mi vuelo original por problemas técnicos. Nos consiguieron otro vuelo y, sorpresa, sorpresa, mi asiento estaba en la fila 13. Una, que ya estaba mosqueada, no conseguía quitarse de la cabeza el dicho "en martes y 13 ni te cases ni te embarques" y, aunque era viernes, me parecía ver la frase de marras en luces de neón por todas partes. Mi compañero de fila, muy atento, me ayudó a colocar el equipaje en el portamaletas y, al hacerlo, se fijó en el colgante que llevaba puesto (la mano de Fátima). Me preguntó que dónde lo había conseguido, contesté que en Marruecos, respondió que él había estado allí con el ejército y que su familia era de Siria y añadió: "Por cierto, tengo un gafe impresionante. Cada vez que me subo a un avión pasa algo". Genial. Como una no es paranoica ni nada, su compañero árabe de asiento la ayuda a tranquilizarse con una dosis doble de cafeína. Por supuesto, tuvimos algunas incidencias durante el vuelo: turbulencias, la noticia de que una avión se había estrellado cerca de Nueva York pocas horas antes y habían muerto todos los pasajeros... Mi compañero (Yamil) y yo estuvimos hablando durante todo el trayecto y, como buen caballero, me comentó que quería invitarme a tomar algo durante el vuelo. Estuve a punto de pedirle un whisky doble y un valium pero me conformé con una Coca-Cola. Al final llegamos a Boston sin problemas.
El curso fue bastante interesante y, a pesar de que Pat, mi compañera de cuarto (y colegio), controlaba todos y cada uno de mis movimientos, conseguí escaquearme y disfrutar de Boston (y su cerveza) con Taylor, un compañero de cole que había llegado horas antes. Como nos pagaban las cenas (un máximo de $43, un dineral aquí. Eso sí, para beber agua o fanticola. Si queríamos vino -y queríamos- teníamos que acoquinarlo nosotros), disfrutamos de una cena estupenda en el mejor restaurante italiano de Beacon Hill el día de San Tontín y otra no menos buena en el restaurante del hotel Hilton el domingo. Como lo bueno dura poco, el lunes por la noche regresé a Richmond y el martes vuelta al cole con mis fieras.
Parecía que este fin de semana no iba a llegar nunca. Con la tontería he trabajado 12 días sin descanso (el curso era de 8 de la mañana a 3 de la tarde) así que el viernes tuve que aguantar a base de café, chocolate y mucho bailoteo con los niños. Ayer fui al festival de cine chino de Carytown y vi la versión china de "Carta de una desconocida", esa peli de los años 40 con el guapísimo Louis Jourdan y Joan Fontaine. La versión oriental es casi igual de buena y su directora y protagonista, Xu Jinglei, tiene tanto talento y belleza como la Fontaine PERO (y es un "pero" enorme) Jiang Wen, el actor que toma al relevo a Jourdan no es feo, es F-E-Í-S-I-M-O. No sólo para mis estándares. No le vemos la cara hasta que, en una escena, la prota choca con él y queda encandilada. Tendríais que haber escuchado las risas que produjo ese encuentro. Justo a mi lado había dos chicas asiáticas y se partían de risa por la elección del protagonista. En serio, jamás he visto un hombre que se parezca tanto a una tortuga. A las fotos os remito como prueba. Puesto que la protagonista se enamora de él cuando es una adolescente (y el físico lo es TODO a esa edad), me pasé toda la película preguntándome que veía esta guapísima mujer en un hombre que no tenía ni el físico ni el carisma (*)... ¿La prueba definitiva de que el amor es realmente ciego?
(*) Y esto lo dice una servidora, quien, como bien sabéis, siente predilección por los "raros".

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